poltergeist

Las capas de lo imaginario

Me gustan mucho las historias de fantasmas y casas encantadas.  Y esta entrada es una divagación ligerita, desglose de una típica historia de terror que cualquiera podría escribir, con la sencilla fórmula del decorado de un guiñol.

En la primera capa tengo a la típica familia mudándose a casa nueva, que pasa la primera noche entre un estado de duermevela y ruidos extraños. Gracias a lo que evocan estos sonidos, la mente empieza a jugar la baza del “creo que he visto algo raro pero no se qué”,  lo que provoca la típica tensión familiar formada por la asustadiza (la madre) contra el escéptico (el padre). Ya puedo incluir el fantasma,  devolviendo a uno de nuestros protagonistas, su propio miedo a la muerte como un espejo. De la pérdida y el pasado que no se puede cambiar.

En la segunda pongo en jaque las creencias religiosas. Si hay bien, tiene que haber mal y si hay un dios, hay un demonio. Aquí entraría la posesión demoniaca, representada en la inocencia de un niño, por si queda alguna duda de que el comportamiento maligno procede del “diablo”,- el adulto, se muestra capaz por si mismo de los actos mas atroces demasiado a menudo, no me sirve-.  Así, tenemos la ironía del lobo con piel de cordero, del deseo del caído de caminar entre los hombres para corromperles y sembrar el mal, usando el eslabón mas débil. El futuro oscuro y desconocido.

Una tercera capa, es la de la capacidad humana de elegir entre sobreponerse o rendirse. Colocaría al padre de la familia en uno de dos extremos, o bien como verdugo o como héroe. Como ayuda externa, utilizaría a  la médium de turno, que es un acto de fe en si misma, farsante o no trata de explicarse el fantasma –el hombre que fue y ya no es– y lo religioso –la posesión demoniaca, el mal absoluto-, forzando la situación hasta que rompe, todo en tiempo presente. Aquí es dónde se decide si hago real la historia o es invención de una mente demasiado volátil.

En el espacio de la casa vieja, con puertas que se abren solas, crujir de pasos y ataques de pánico, doy cohesión a las partes. Podemos concluir con que la casa esta encantada y la familia protagonista después de pasar por la terrible experiencia, se marcha e intenta olvidar lo vivido. O podemos ir mas allá sin arriesgarnos -tampoco una cosa muy loca– y mudar a la familia llevando consigo los ruidos a medianoche, las puertas que se abren y los platos que vuelan. Aquí cabe buscar un culpable en la unidad familiar, y el dilema moral de sacrificar la vida del ser querido para eliminar la amenaza, o combatir lo inexplicable con un arma igual de abstracta e invisible, sabiendo que las probabilidades de éxito son escasas –el amor de unos padres por su hijo-.

Mas allá de la superchería, al final todo es un tributo al viaje por esos mundos interiores, de trasladar el mundo adulto y cuadriculado, a lo mas profundo de la imaginación del niño  y allí dejar que ocurran los hechos sin cuestionarse el como creemos que deberían ser, sin aplicar un juicio medido por nuestro propio baremo. Entonces es cuando todo cobra cierto sentido, y solo porque el final sea el que esperábamos, no lo convierte necesariamente en la única opción. Ni en un final feliz.

Voy terminando la entrada, como al principio, recalcando mi afición a pasearme por casas encantadas, siendo consciente de que a una historia como esta, solo le pido que me transporte hasta allí, nada mas profundo.

Por suerte, la semana pasada pude ver una película que es justo así,  que aunque me consta que a muchos decepciona por predecible, a mi me parece una deliciosa  tregua frente al “torture”  que tanto gusta y sus miles de secuelas innecesarias, que paradójicamente los propios artífices de ese film, fomentaron hasta agotar la fórmula. Quizá sea este un retorno al punto cero y una muestra de que el conocimiento de las reglas del juego, es lo que lleva a poder saltárselas.